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Tulio Hernández: “El culto a Bolívar es un caballo de Troya”

Tulio Hernández: “El culto a Bolívar es un caballo de Troya”

Libros de El Nacional (Caracas, 2016) ha puesto en circulación Una nación a la deriva, 48 ensayos del pensador venezolano. No una mera recopilación, sino un poliédrico relato que suma ideas para desentrañar a Venezuela. Páginas inteligentes, que a la vez que sugiere respuestas, formula inquietantes preguntas.

―Quiero comenzar preguntándole por el lugar desde el que usted piensa a Venezuela. ¿El suyo es el punto de vista de un sociólogo o predomina la sensibilidad del hombre de la cultura?

―Aunque me parece una distinción forzada, entiendo que te refieres al hecho de que la sociología es una disciplina académica regida por unas reglas metodológicas y una herencia conceptual a las que, se supone, debes ser fiel. Se supone. En cambio, eso que llamas “la sensibilidad del hombre de la cultura”, el pensamiento social de interpretación libre, no exige la verificación “científica” de todo cuanto dices y sus referencias pueden ser múltiples: un poema, la filosofía, la mitología griega o una canción.   Por esta vía hay más riesgos de subjetividad, pero también más posibilidades  de iluminar lo oculto, lo intangible de la experiencia social, lo que el lenguaje “científico” a veces no puede pronunciar. Una cosa es decir en un estudio: “El 70% de los televidentes en América Latina prefiere la telenovela”, a cuando Monsiváis escribe algo así como: “Nadie puede comprender a América Latina si no entiende por qué Doña Sara García llora en silencio frente a las cámaras”.  Me muevo mejor en la segunda opción, la más libre, pero sin las reflexiones de los grandes clásicos, sin las brújulas de Weber, Durkheim, Levi Strauss, sin los maestros de la semiósis –Eco, Barthes, Bajtin–, sin mis guías latinoamericanos –García Canclini, Martín Barbero, Ribeiro– me sentiría absolutamente extraviado.

―¿Qué elementos le han permitido pensar a Chávez y al régimen? ¿Sus propias experiencias políticas le han sido de utilidad?

―Me ha servido mucho haber conocido de cerca a la ultraizquierda universitaria de los años 1970-1980. En mis tiempos de estudiante, ellos me producían una especie de miedo metafísico, presentía en sus maneras de asumir la política algo trágico, un modo de odiar y de autoengañarse, una necesidad de aferrarse a dogmas y a la  violencia, una disciplina casi militar, una suerte de propensión a lo delictivo, una simplificación de la vida que luego entendí se llama condición fanática, que es el sustento del totalitarismo y de los terrorismos. Ahora sabemos que esa condición mezclada con el militarismo ha producido este híbrido totalitario con antifaz democrático que se llama chavismo. Pero también han sido claves algunas lecturas. No podría entender cómo algunas personas que conocí siendo demócratas se han transformado en monstruos que apoyan todo tipo de violaciones de la Constitución y de los derechos humanos si no hubiese leído Eichman en Jerusalem. Informe sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt y Memoria del mal, tentación del bien de Todorov.

Hay toda una corriente que explica el surgimiento de Chávez, basada en presupuestos provenientes del siglo XIX, como el culto a Bolívar. ¿Esto es suficiente o hay fuerzas en el siglo XX que no podemos omitir?

―Sin lugar a duda casi 150 años de esa patología nacional llamada culto a Bolívar prepararon el terreno síquico para que en Venezuela el culto a líderes carismáticos, en el sentido que Max Weber le da al término, retorne de modo recurrente. El culto a Bolívar es un caballo de Troya que por dentro transporta los bacilos del militarismo, el mesianismo y el “medalaganismo”. Pero claro que no es el único elemento explicativo. Venezuela llegó a Chávez por el fracaso del modelo democrático bipartidista y por el abandono, especialmente por parte de Acción Democrática, de las identidades políticas básicas que lo definieron como el partido del pueblo, de los Juan Bimba, quienes se sintieron abandonados cuando, explícitamente en El gran viraje, les dijeron de modo abrupto que papá Estado ya no iba a protegerlos y que dejarían de ser “compañeritos” de partido para hacerse ciudadanos competitivos. Así le sirvieron la mesa a un líder alucinado, estrafalario, seductor, mezcla de Che Guevara con Don Francisco, de cristiano primitivo con Don Regalón, que reencantó la política entre los más desfavorecidos, como lo hicieron Betancourt y los suyos a partir de 1945, y se convirtió en una especie de sicotrópico para las masas que entraron por largos años en un festín orgiástico de la venganza de clases que ha terminado en desilusión profunda, en un inmenso “ratón moral”.

En el título del primer capítulo usted usa la expresión ‘cría cuervos’. Varios teóricos europeos asocian el populismo al crecimiento del fenómeno social de la ingratitud. ¿Qué peso tiene la ingratitud en nuestra cultura?

―Es muy fuerte. Es una  patología grave de nuestra cultura política. Ramón J. Velásquez solía contar que los caudillos del siglo XIX, cuando llegaban a la Casa Amarilla ordenaban quemar los retratos de sus antecesores y sus archivos también. Por eso no había memoria oficial. Los adecos del 45  también fueron implacables con Medina Angarita y los suyos que había legalizado el partido. Chávez y su logia le dan un golpe a la misma democracia que los había educado gratis y les había permitido ascenso social. Los ministros rojos que más han acosado a la Universidad Central de Venezuela, apoyando las agresiones y destrozos hechos por los colectivos de naturaleza nazifascista, han sido precisamente egresados de la misma universidad, que ahora odian porque no les apoya políticamente.

―Quiero preguntarle por el vínculo de la cultura venezolana con la figura del héroe. ¿Seguimos esperando la aparición de un héroe salvador?

―La espera de héroe, del salvador, está vinculada al culto patológico a los héroes de la Independencia y a nuestra peculiar religiosidad popular. Entre las tallas que hacen los artistas populares en diversas regiones del país están siempre Bolívar, Gómez y, ahora, Chávez. Tallas que además se incorporan en los altares junto a santos católicos, deidades africanas y figuras como María Lionza. Hay una canción interpretada por la agrupación Un Solo Pueblo que lo resume todo. Comienza diciendo: “Cuando Bolívar nació / Venezuela pegó un grito / diciendo que había nacido / un segundo Jesucristo”. La fascinación por el  hombre fuerte, ya como mesías ya como “gendarme necesario”, es típica de las sociedades con instituciones débiles. No es solo venezolana, es latinoamericana. 

Su libro sugiere, entre muchas otras, esta imagen: la de una cultura abarrotada de fuerzas que, a menudo, pasan por encima de la racionalidad y de las instituciones. ¿Comparte esta idea?

―Sí. A la mayoría de los venezolanos durante mucho tiempo nos ha costado mirar a los ojos, sin conmiseración, a nuestro lado oscuro. La parte resentida de nuestra sociedad. Su componente destructivo. Por ejemplo, siempre me ha intrigado la disposición al saqueo. Murió Gómez y los venezolanos, que en su mayoría lo habían padecido pasivamente, salieron a saquear. Igual cuando Pérez Jiménez. Lo mismo el día que regresó Chávez a Miraflores en el 2002. Saquearon negocios que no tenían nada que ver con lo político. José Ignacio Cabrujas lo describió muy bien, cuando el Caracazo la gente no gritaba: “Abajo el capitalismo”, la gente gritaba: “En la esquina de Sociedad hay güisky 12 años, en la de Rumualda, hay Betamax”. En las fiestas de El Nacional, cuando eran inmensas, en el Hotel Hilton, literalmente saqueaban a los mesoneros que traían los tequeños. Es como una memoria del hambre, una fascinación por lo gratuito arrebatado. Hemos invisibilizado por siglos el resentimiento étnico, las diferencias de clase, los tres siglos de existencia de castas, el desprecio a los pobres y a los analfabetas, a lo indígena y a lo negro, bajo el manto de una relación populista e igualitaria pero no democrática. Son pequeñas violencias, discriminaciones edulcoradas desde la era colonial, que están acumuladas en el inconsciente colectivo. Y Chávez, en vez de tomar esa herida y sanarla, la usó como palanca de odio para afianzar sus bases de apoyo desde su propio resentimiento personal. Por eso cuando alguien dice que “Venezuela es el mejor país del mundo”, para robarme una frase de Jesús Martín Barbero, me asalta una especie de escalofrío epistemológico. 

¿Qué beneficio podría sumar a los estrategas de la política, tener una mejor comprensión de la cultura venezolana?

―Supongo que te refieres a los estrategas demócratas, a quienes les corresponda la reconstrucción. Es obligante que tengan una visión del país que vaya más allá de las encuestas de opinión. Es indispensable que haya una relación más efectiva entre la academia y la política, entre los políticos y los investigadores, los intelectuales, los pensadores. O no saldremos del hueco. Durante las décadas 1970 y 1980 los centros de estudios de nuestras universidades alertaron decenas de veces que en los resultados de sus investigaciones se veía crecer una pérdida de fe en la democracia y en los liderazgos tradicionales, y la constatación de que la gente estaba dispuesta a apoyar un gobierno de facto si le resolvía sus problemas básicos. O no lo supieron comunicar, o al liderazgo político no le interesaba. Porque poco después vino el lobo. Tenemos que conocernos mejor. Hacernos preguntas pertinentes: ¿Por qué los chavistas tienen tanto odio? ¿Por qué la vida en Venezuela es cada vez menos sagrada y hay tantos homicidios y homicidas? ¿De dónde la pulsión igualitaria que no es igual a cultura democrática? ¿Por qué desde siempre ha existido tanta corrupción? ¿Por qué no hemos logrado quitarnos de encima la hegemonía militarista? ¿Por qué en pleno siglo XXI a la muchedumbre le gusta irse detrás de un hombre a caballo?



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