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Nelson Garrido: “Mi problema son las instituciones, no las creencias personales”

Nelson Garrido: “Mi problema son las instituciones, no las creencias personales”

La Cueva Casa Editorial acaba de publicar un libro antológico sobre la obra del fotógrafo que asegura que: “El arte no está hecho para resolver problemas, sino para crear problemas”.

A Nelson Garrido lo han señalado de hereje, de vulgar, de apátrida, de violento (e inserte aquí usted cualquier otro adjetivo que le resulte suficientemente fundado en algún prejuicio). En sus fotografías, los pezones sangran, los perros se descomponen con sus vísceras expuestas, los santos se desvanecen en orgasmos profundos, los delincuentes asaltan a la virgen María en las calles caraqueñas, los excrementos son retratados en sus colores y curvas, y vaginas humanas acunan a la figura diminuta de un Niño Jesús de plástico.

Él casi sonríe al escuchar aquellas etiquetas que le confieren. Su obra, y eso lo dice con claridad, aspira ser un dedo de uñas afiladas que revuelva las llagas del poder para mostrar sus contradicciones, y que se adentre en los ojos de quien la mire, tan profundo como sea necesario, para hacerse inolvidable. No pretende en modo alguno decir que sólo le interese acercarse a lo soez, sino que la búsqueda estética y conceptual que caracteriza formalmente a su obra no se enmarca en los estándares convencionales de belleza y fealdad, sino que apuesta a resaltar, desde el desmenuce de los mismos códigos que arquetipalmente han marcado los modos de ver de Occidente, las glorias de los objetos y verdades ignoradas por ser “feas” o “incómodas”, así como enfrentar las nociones románticas erigidas en torno al arte. No en vano, sentencia: “El arte sólo es arte cuando es incómodo”.

El pasado fin de semana, la editorial venezolana La Cueva presentó el libro Nelson Garrido que realiza, con 75 de sus imágenes y con un prólogo elaborado por Gerardo Zavarce, un recorrido por el trabajo visual de este fotógrafo y artista de medios mixtos. Nacido en Caracas en 1952, Garrido se hizo 39 años más tarde con el Premio Nacional de Artes Plásticas cuyo diploma ahora exhibe, quemado y manchado con sangre, en una de las paredes de su base de operaciones, la ONG (Organización Nelson Garrido), ubicada en Las Acacias. Desde este espacio que es a la vez vivienda, biblioteca y centro académico, este fotógrafo que desacraliza lo sagrado y consagra lo mundano, sonríe con placidez con un ejemplar del libro entre sus manos.

“Esta es la primera vez que me editan un libro antológico. Ya antes me lo habían propuesto editoriales internacionales, pero todas me pedían quitar una o varias fotos y yo decía ¡no chico, si no me censuré de joven, menos lo voy a hacer de viejo! En cambio aquí me dejaron hacer la selección, con Gerardo y con mi hija Gala, que me ayudaron a revisar mis series. Hacer este libro fue una experiencia maravillosa, era echar todo el cuento de mi obra y a mí me sirvió mucho porque era como sintetizar mi trabajo.

-¿Y qué encontró al sumergirse en sus archivos?
-Yo empecé a trabajar en el 68, y desde los 13 años estuve en los talleres de Cruz-Diez, y fui haciendo imágenes que algunas están aquí y que mucha gente se ha sorprendido porque no se habían mostrado antes. Esta revisión me ha permitido ver que hay una línea en mi trabajo, una constante, que las angustias que uno carga no las ve cuando arranca, sino que el lenguaje lo ves con el tiempo cuando notas que se van repitiendo los mismos temas, que en mi caso son, sobre todo, la muerte, el sexo, la religión… Además, ahora que estoy con la docencia en la ONG puedo decir que este libro es un homenaje a mis alumnos, porque el ejercicio de ordenar sus trabajos, que les pido que hagan en las clases, lo he tenido que hacer yo mismo para llegar a este libro.

-¿Cómo teje usted los vínculos entre creación y transgresión?
-Yo creo que el arte (aunque esa palabra no me gusta, porque arte y artista son palabras que se han ido desvalorando) está hecho para enfrentar al poder, y que debe ser visionario de lo que estás viviendo, antecederse a acontecimientos históricos que vienen. Por ejemplo, el problema de la violencia en Venezuela o el de los linchamientos, que ahora me ocupa. En Caracas sangrante (1998) ya yo estaba viendo los síntomas de la violencia que ahora estamos viviendo, entonces el arte debe ser visionario y transgresor. El arte no está hecho para resolver problemas, sino para crear problemas.

“También hay otra cosa -prosigue Garrido-, en un mundo donde hay tantas imágenes, si las tuyas no trastocan no quedan en el inconsciente colectivo, y estamos peleando contra Internet, un bombardeo frente al que si no logras imágenes transgresoras, no puedes competir. La gente tal vez no recuerde tu nombre, pero sí pasa que ven un perro muerto y dicen ¡ay mira, un Garrido!, yo no sé si tomármelo como halago (risas), pero sí hay una cantidad de temas que la sociedad no quiere ver porque es muy pacata. Es una doble lectura de la moral, una reacción casi medieval y más ahora con lo que viene con Donald Trump, que es un regreso a la derecha. Incluso aquí, ¿cómo un artista se puede quedar tranquilo viendo a familias enteres comiendo en la basura? Yo no me puedo poner a pintar florecitas, como hacedor de imágenes me niego a acostumbrarme a eso.

-¿Cómo predecir a través del arte? ¿Cómo trabajar el futuro desde el presente?
-Primero, antecediendo al desastre por las señales que se ven de cajón en el entorno. Ahora lo que le interesa a la sociedad es la posverdad, la gente no quiere saber los hechos que están pasando, la realidad, sino que le vendas una promesa de futuro. Hoy en día todo es muy complejo, la foto del homicidio del Embajador de Rusia en Turquía, que ganó el Word Press Photo, parece una puesta en escena mía. La iluminación, el encuadre… yo decía: “¡Dios mío, la realidad y la ficción se están fundiendo!”.

-¿Los mundos apocalípticos que usted predice no son, tal vez, algún modo de posverdad?
-Sí, claro, pero no del todo. El problema es que la posverdad en mi obra se fundamenta en algo que está pasando, en el análisis de algo que estás viviendo y que la gente no ve. No es sólo decir lo que va a pasar, sino decir lo que está pasando. Lo que pasa es que la gente reacciona sino hasta cuando ya hay, como ahora, tantos muertos al año como para llenar 10 veces el Teresa Carreño, como dice Tulio Hernández.

 

“Toda forma de poder termina en la imposición de uno sobre el otro. Y yo ceo que la verdadera armonía se da con la diversidad”

 

-En sus imágenes, se opone al poder pero desde el uso de los códigos de ese poder…
-Todos son arquetipos que están en el inconsciente colectivo, entonces tienes que evidenciarlos para poder trastocarlos, sin que eso quiera decir que estés de acuerdo. Sino colocarlos en contradicción. Amplifico los códigos usándolos y desarmándolos, pero también haciendo que la gente regrese a esos códigos. Mi problema no es el cristianismo, es la institución Iglesia. Mi problema son las instituciones, no las creencias personales. Porque toda forma de poder termina en la imposición de uno sobre el otro. Y yo creo que la verdadera armonía se da con la diversidad.

-Casi se aprovecha, entonces, de la promoción que han hecho los poderes de su simbología…
-Exacto, y sobre todo si logras usarlos de tal manera que rompas la lectura normal, con imágenes que realmente te trastoquen el sentido, dentro un tema estético, porque yo toco temas muy fuertes pero de una manera muy estética, porque soy un esteticista.

-Habla de estética. ¿Dónde reside el valor estético de las heces o de las vísceras?
-Hay una cosa en la sociedad que es que te dice que lo malo es feo y lo bueno es bonito ¿Por qué Jesucristo no luce como yo? ¿Por qué es catire de ojos verdes? Claro, en la actualidad eso se transforma en hechos comerciales. Entonces, tocar eso me parece interesante. Además las vísceras me parecen hermosísimas, ¡con su putrefacción hay colores bellísimos!, pero el problema es el prejuicio social porque eres mamífero. Un excremento también es algo bellísimo. Cada vez que vas al baño es como un amanecer, nunca se repite un excremento igual al otro. Yo siempre digo que lo verdaderamente grave no es defecar, sino no relacionarse sanamente con lo que somos como humanos.

-Pero los estándares en Venezuela son bien estrictos.
-¡Claro! La sociedad venezolana, que aspira a una mezcla entre Miss Venezuela con Lila Morillo, te hace sentir feo. En mi adolescencia, por ejemplo, yo aprendí sexualidad con películas porno en Super 8 y veía a unos tipos con unos penes de este tamaño que ¡cónchale, pana! Yo que soy gordito y lo tengo chiquito, me sentí discrimidado (risas). Algo similar ocurre con la religión, la diversidad sexual, la virginidad o la menstruación, que es algo bellísimo, pero les dicen a las mujeres que es algo malo. Yo pinto con la sangre de regla de las mujeres que amo.

-¿Entonces el fin es la reivindicación de otros tipos de belleza?
-Más bien de otras estéticas, de otras maneras de ver, porque la belleza ya es algo parcializado. Por eso hablo de estética de la violencia, por ejemplo. Porque la estética tiene que ver con otros factores, con cosas que la caracterizan, no de aceptación social como la belleza.

 

“En la fotografía la metáfora es fundamental. La literatura ha tenido siempre el derecho a la metáfora, pero la fotografía tiene también esa posibilidad”

 

-Para manifestarlo en sus fotografías realiza puestas en escenas y resultan fotografías narrativas.
-En la fotografía la metáfora es fundamental. La literatura ha tenido siempre el derecho a la metáfora, pero la fotografía tiene también esa posibilidad. Carlos Zerpa decía que yo lo que hago es un performance y que el resultado es lo que fotografío: hay actuación, iluminación, maquillaje, vestuario, es una puesta de escena teatral, pero a través de la ficción a veces logras más que con la realidad. Una fotografía como Caracas sangrante dice más que un policía pegándole a alguien. Es la violencia simbólica. Yo ahora me nutro más de la literatura que de la imagen, porque estoy entrando a un punto de la fotografía simbólica. Recuerda que yo vengo de la década de los 60, de la fotografía como elemento de denuncia.

-Sus obras pueden recordar a los trabajos de los grupos de vanguardia venezolanos como el Techo de la Ballena.
Absolutamente, yo digo que estoy replanteando en esencia al Techo de la Ballena, de hecho Miguel von Dangel es un amigo muy cercano. Yo sigo creyendo que lo que estaba planteado ahí sigue estando vigente en el sentido del enfrentamiento al poder, a no caer en las artes decorativas. La búsqueda no debe ser entrar al mercado del arte, y el Homenaje a la necrofilia, de Carlos Contramaestre, sigue teniendo un peso fundamental. El día que me empiecen a comprar perros muertos para la sala de una casa, ese día capaz me retire. Yo creo en el terrorismo poético, en cosas que puedan trastocar, empezando porque si mi obra no me sorprende a mí mismo, no me interesa.



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