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Miguel Ángel Landa: “Al cine hay que darle libertad”

Miguel Ángel Landa: “Al cine hay que darle libertad”

Hablar de Miguel Ángel Landa (Caracas, 1936) es hacerlo del cine, la televisión y el teatro venezolanos. Su nombre está asociado al trabajo de grandes realizadores como Román Chalbaud, Clemente de la Cerda, Mauricio Walerstein, César Bolívar, Alfredo Anzola, Carlos Azpúrua y Olegario Barrera, entre otros. A lo largo de seis décadas de trayectoria artística, ha actuado, dirigido, producido e incursionado en la animación.

Y aunque alguien pudiera pensar que con su hoja de trabajo no tiene nada más que demostrar, el intérprete de Dimas en el largometraje El pez que fuma (1977) no descansa. “Siempre tengo proyectos. Soy un hombre de trabajo. Me gusta hacer cosas, lo que pasa es que desafortunadamente el problema de la moneda ha trastocado mis planes de rodar una nueva película”, confiesa en una de las pausas de la sesión de fotos oficiales de Papita, maní, tostón 2, donde encarna de nuevo el personaje del abuelo.

 

“Siempre tengo proyectos. Soy un hombre de trabajo. Me gusta hacer cosas, lo que pasa es que desafortunadamente el problema de la moneda ha trastocado mis planes de rodar una nueva película” 

“Hice un presupuesto para un filme y, para darte una idea, costaba 100 bolívares y un año después por diferentes razones, saqué números y llegó a 400, o sea, ¡300 más! Entonces, ¿cómo haces la película? Antes, un refresco costaba un medio, ahora vale 3.000, 4.000 bolívares. Económicamente hablando el asunto se ha complicado y eso también ha traído como consecuencia el aumento de las entradas al cine, la gente ha dejado de ir a las salas por la inseguridad y todo eso se junta”, analiza el actor y cineasta.

Aunque Landa es recordado por los papeles de carácter que dio vida en La quema de Judas (1974), Sagrado y obsceno (1976) y Cangrejo (1982), entre otros, está feliz de integrar nuevamente el elenco del filme de Luis Carlos Hueck. “Me alegra volver porque me encanta la comedia. Lo demostré haciendo Él y ella (1971), Bienvenidos (1982) y 140 shows de Bienvenidos en teatro”.

–¿Qué diferencia hay entre el abuelo de la primera película de Papita, maní, tostón 2 y el de esta secuela?
–Los muchachos han crecido y el abuelo está más viejito, ya es más lerdo para caminar. Tuve que hacer el personaje un poco distinto, darle un toque de más edad. 

–Pero sigue escuchando rock…
–Siempre (risas).

–¿El abuelo sigue influyendo en la simpatía deportiva del hijo de Julissa (Juliette Pardau) y Andrés (Jean Pierre Agostini)? 
–Sí, él de repente oye que su papá y el abuelo hablan y Andrés pregunta: “Papá, ¿quién va a ganar?”, y su abuelo responde: “¡El Caracas!”, así que el niño oye y lo repite.

–¿Qué cambios ve entre cómo se hacía cine antes y como se hace ahora? 
–Grandes diferencias no hay. El director debe saber lo que es un plano, un contraplano, un fuera de eje. La diferencia está, en todo caso, en la tecnología. Antes se hacía en 35 milímetros y ahora en videotape y prácticamente podemos aprovecharlo diez veces más para hacer la misma escena y no incide en el costo de la película. ¿Es más fácil ahora? ¿Es más difícil? Dios ha sido muy bondadoso conmigo y me ha dado la suerte de hacer casi 50 películas y eso en Venezuela es bastante.

–¿Tiene algo que objetarle al cine actual? 
–Yo pienso que al cine hay que darle libertad. Que no haya censura, que no le aprieten el tornillo porque uno quiera hacer una historia basada en determinada época en la que sucedió un hecho específico en el que está implícita la política y la prohíban, como hicieron con El Inca. Eso es muy triste y realmente malo. Yo creo que la libertad es lo más importante que tiene el ser humano. Yo no soy político, pero sí me preocupa mucho el país, me preocupa que tengo casi 100 familiares fuera de Venezuela que se han ido porque no soportan la inseguridad, todo lo que nos está pasando, y nosotros nos estamos acostumbrando a eso. El venezolano es un ser bonachón y lo han cambiado completamente. Hay algo que escucho recurrentemente decir y que no soporto: “Esto ya no es una democracia”, y yo no puedo aceptar eso porque no sé vivir en comunismo. Pero no me voy a ir. Yo veré cómo me las arreglo, pero de Venezuela no me voy. A mí me sacan de aquí con las patas pa’ lante, como quien dice. Yo no tengo un plan B. Yo nací en Venezuela y me muero en Venezuela. La situación del país se ha complicado y eso arrastra no sólo al cine, sino a todos los aspectos de la vida.

 

“Yo no tengo un plan B. Yo nací en Venezuela y me muero en Venezuela. La situación del país se ha complicado y eso arrastra no sólo al cine, sino a todos los aspectos de la vida”

 

–Lo vimos en el caso de Arnaldo Albornoz, el animador de La bomba.
–Me dices eso y me duele el alma. No era amigo mío, pero lo conocí trabajando. La última vez lo vi en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT), en el Microteatro. Lo vi un día y después me encontré con que lo habían matado. Yo no sé qué pasaría conmigo si a mí me matan un hijo, te lo digo sinceramente. Ojalá que Dios siga siendo tan bueno conmigo como lo ha sido siempre porque yo afortunadamente he tenido una carrera exitosa, la gente me ha aceptado, me quiere, tuve 20 años con Bienvenidos al aire, he hecho casi 50 películas, tres videoclips y estoy feliz con toda mi carrera y siento que la gente me quiere mucho en la calle, lo siento, lo percibo, lo olfateo y me da mucho dolor que mi país se esté destruyendo, se esté desmoronando. No quiero caer en el pesimismo, pero esto es la hecatombe.

–Actualmente, ¿ve televisión venezolana?
–No. Yo ni siquiera conozco a los actores de las actuales novelas venezolanas. Tú me dices: “Mira, ése es actor de una novela” y yo no tengo idea. No las veo. Es más, intenté hacerlo y me di cuenta que no sé, los muchachos creyeron que tener una cara bonita y ser musculosos bastaba para pararse y ser actor, o sea, no. Yo soy flaco y feo y todo lo que tú quieras y no es que sea buen actor, pero me defiendo porque estudié mucho, pero realmente la televisión venezolana deja mucho que desear. No podemos hacer comparaciones entre otras épocas y ésta. Y suena hasta mal que lo diga porque hablar de Pobre negro (1976), de La señora de Cárdenas (1977), de Gómez (1980), hablar de tantas novelas que hicimos, de aquellas series culturales que hacíamos, es muy distinto. Lamentándolo mucho es así, pero Dios es grande y él nos va a meter la mano y nos va a ayudar.



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